viernes, 16 de marzo de 2012

Quien co paga co manda

Los políticos, sean del PP, del PSOE, de Convergencia y Unió o de la Falange Auténtica, de cuando en cuando descubren el Mediterráneo. Por ejemplo, como se les acabó el dinero que les dimos, ese que dedicaron a grandes proyectos destinados a mejorar la calidad de nuestra vida ­–aeropuerto de Ciudad Real, Cidade da Cultura de Santiago, Puerto Exterior de A Coruña, diversas empresas públicas en Valencia, acontecimientos deportivos en Baleares, etcétera– han inventado una nueva fórmula de  recaudación: el co-pago. En esencia, el copago consiste en que volvamos a poner dinero en aquello que ya  habíamos pagado para que nuestros amados políticos puedan seguir haciendo nuevos aeropuertos, más AVE en el país con más vías de alta velocidad  del mundo después de China (en cambio no hay trenes entre Vigo y Ourense o entre Lugo y Ourense), terminar el Puerto Exterior de A Coruña contra viento y marea –y aquí lo digo en el sentido más literal de la palabra, razón por la que A Coruña nunca será Rotterdam– y por supuesto, amueblar los garitos del Gaiás, (también llamado Cidade da Cultura, Valle de los Reyes, Pirámides de Fraga…), con sillas de a 500 euros la unidad.
Copagamos más de lo que os imagináis, amadísimos lectores. Por ejemplo: una mente iluminada acuñó el concepto de líneas aéreas de bajo coste, es decir Low Cost, en la jerga de los que viajan en avión. ¿Son baratos esos vuelos? Mentira monumental. Los usuarios viajan de manera cutre: no les dejan llevar más que un paquetito, les hacen esperar horas y horas y a veces días en los aeropuertos, no les dan ni una gaseosa durante el viaje y los asientos son tipo autobús. Cuando sacan el billete por internet se sienten la satisfacción de haber pagado veinte euros o treinta por un billete que normalmente habría costado doscientos. Pero es puro placebo. Los 180 euros restantes los copagamos todos los que no viajamos en avión gracias a la amabilidad de un memo que tiene mando en la Xunta (el nombre da igual porque en Galicia se viene haciendo desde 2004 y ya han pasado unos cuantos) y que pone la diferencia con nuestro dinero. Ese  dinero que ahora no hay para pagar las recetas de la penicilina, pero sí para que unos cuantos vayan de compras a Londres, en avión, aprovechando que les sale más barato que ir en tren de A Coruña a Vigo y además tarda menos tiempo.
Mi madre que no tiene coche y a quien no le suben la pensión, pero sí la luz, copaga el peaje de la autopista entre Ourense y Lalín, y entre Vigo y O Morrazo, como el resto de los gallegos, para que los políticos queden como príncipes ante sus electores  de Cangas, Moaña, Dozón, Ourense, O Carballiño porque ahora no pagan al pasar por el peaje.
A mí me parece muy bien el copago. Siempre que se cumpla con el principio general del sistema de mercado: si quien paga manda, quien copaga, también. Quiero mi parte de mando en este asunto y exijo que en vez de poner un tren a veinte euros el viaje entre Ourense y A Coruña, pongan cuatro a cinco euros cada uno. Y que entre Vigo y Ourense me pongan media docena más al  día con el dinero que se van a gastar en la variante para que la línea de Alta velocidad que llega a Santiago se conecte para venir a Vigo y que no  deja de ser un parche provisional como lo es, en la actualidad la estación de Guixar. A Pepiño  Blanco, por quien siento gran simpatía, le presumo inocente en el caso Campeón, y así lo creeré mientras no se demuestre lo contrario y acabe en el penal de Monterroso. Pero es culpable del delito flagrante de despilfarro por la chapuza del invento de los trenes híbridos. Carísimos,  con un consumo energético desproporcionado, y todo para que durante  unos años el Talgo a Madrid ahorre, con suerte, una hora. El resto del tiempo que economiza lo podrían ofrecer en la actualidad con poner un TRD de butacas más cómodas.
Perdonadme, porque me fui por las ramas ferroviarias, que es mi teima crónica. La cuestión es ésa. Si estamos en el capitalismo más atroz de las últimas décadas, con despidos low cost, copago sanitario (es decir que pagamos dos veces por el mismo acto), quiero todas las reglas del juego del mercado sobre la mesa y no solo las cartas marcadas con las que nos pretenden colar otro gol. Y ya que no tenemos políticos sino gestores administrativos, alguien tiene que mandar verdaderamente.
¿Qué tal, si de una vez por todas, quienes mandan son los que pagan y no los que cobran?

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