miércoles, 30 de mayo de 2012

El menhir del guerrero de Castrelo do Val


El menhir se encuentra guardado en espera de una decisión. ©F.J.Gil
La semana pasada estuve por tierras de Castrelo do Val, allá en la comarca de Monterrei, al borde de los Montes del Invernadeiro. Confieso una gran debilidad por este municipio desde el primer día que lo visité hace ya unos cuantos años. Castrelo do Val es un paraíso para quienes quieran disfrutar de la caza, la pesca, el senderismo, y una generosa gastronomía de montaña en la que no faltan hornos para hacer un buen cabrito, ni fogones para convertir un jabalí en toda una experiencia para los sentidos, sobre todo el del gusto. No sé. Yo os iba a hablar de un menhir y acabé pensando en jabalíes, como si fuese Obelix el Galo (tendré que tomarme en serio lo de adelgazar).

La cuestión es que además de un impresionante patrimonio natural, Castrelo do Val cuenta ahora con un tesoro prehistórico. Un menhir datado según los expertos entre los años 3.200 y 2.900 antes de Cristo, que se correspondería con la era del Calcolítico o Edad del Cobre. La pieza de granito, con un peso de unos ochocientos kilos y una altura de un metro ochenta, representa a un guerrero bien pertrechado. Los grabados esculpidos en la piedra nos muestran un carro tirado por animales, y un hombre armado. La rueda y la tecnología militar ya estaban presentes en nuestros ancestros treinta siglos antes de la llegada de los romanos. Así, escrito en una línea parece poco tiempo. Pero lo cierto es que a este gallego que debía ser de una tribu de los tamaganos, pueblo que vivía a orillas del río Támega la distancia temporal que le separaba de las huestes de Decimo Junio Bruto era la misma que la que habría entre el rey Salomón y Barak Obama.

La Xunta quiere llevarse esta estela pétrea ilustrada a un museo arqueológico de Ourense que nadie visita porque lleva cerrado desde 2001 y, al tenor de cómo van las cosas, seguirá cerrado otra década más. Personalmente creo que el centralismo cultural es un atraso. El mismo atraso que llevó a las cruzadas a Jerusalén a rapiñar reliquias para traérselas a Europa, o a convertir el Museo Británico en el mejor parque temático de la cultura egipcia. Aquellos eran otros tiempos. Pero hoy, que la riqueza de los pueblos de Galicia se lleve para los museos de ciudades que ya tienen numerosos atractivos por sí es desvalijar la identidad del ya paupérrimo rural gallego para nada. Excepción honrosa es el museo de Castro de Viladonga que ha convertido el patrimonio arqueológico provincial de Lugo en un atractivo para visitar la Terra Chá, junto con la laguna de Cospeito y todo un sinfín de elementos que, juntos hacen que merezca realizarse una excursión por aquellas tierras.
Castrelo do Val tiene derecho a su historia, a su prehistoria y sumarlas a su belleza paisajística, a la singularísima ruta de los carboeiros y a sus millones de castaños que conforman uno de los pueblos más atractivos de la Galicia interior. Que nadie se lleve a engaño. Galicia no recuperará su tasa de empleo si no cuenta con el rural y esta política de expolio no es precisamente un buen ejemplo.

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