La avenida 17 de junio con la Puerta de Brandeburgo al fondo, en la noche del 12 de noviembre de 1989. Televisiones de todo el mundo emitían sus informativos desde aquí. © Francisco J. Gil |
Yo pensaba irme de vacaciones a Portugal, aprovechando
unos días libres aquel noviembre de 1989. Pero al ver las noticias de las colas
apelotonándose por los puntos de frontera del muro de Berlín, el 9 de noviembre
por la noche, decidimos sustituir el largo fin de semana de placer por un viaje
que, ya aquel mismo día sabíamos que iba a ser histórico.
Mientras hacíamos los preparativos en la mañana
del 10 de noviembre, que era viernes, ya era un hecho casi sabido que el muro
iba a ser derribado. Habíamos estado en Berlín trece meses antes. También
habíamos ido en coche. Me había llamado la atención la omnipresencia del muro en
la ciudad. Te guiabas por un mapa para ir de un lugar a otro y, de repente, la
ruta que habías decidido tomar se veía interrumpida por una muralla de
hormigón. Eso solía suceder con mucha frecuencia. El año de mi nacimiento,
1961, fue también el año en el que levantaron el muro. Quería ver cómo caía,
cómo lo sobrevivía en un tiempo en el que parecía que las cosas iban a cambiar
el mundo. El muro y yo teníamos 28 años.
Agua y libros
Salimos de Vigo a las ocho de la tarde del
viernes 10 de noviembre, después de haber intentado, en vano, arreglar el
radiador y el radio cassete al coche. Para lo primero, la solución fue
sencilla: llevar una garrafa de agua de 5 litros. Cada vez que la calefacción
dejaba de dar calor quería decir que no había agua suficiente en el circuito.
Paraba, echaba los cinco litros y en la siguiente gasolinera volvía a llenar la
garrafa para cuando volviera a suceder. El remedio era tan económico que el
radiador siguió trabajando así durante los siguientes cien mil kilómetros que
seguí teniendo aquel Renault 14, con el que había llegado a Sarajevo y a
Dubrovnik en 1984 y al desierto del Sahara en 1987, justo dos años antes,
también un mes de noviembre. El segundo problema, tampoco tuvo difícil
solución. Llevamos unos libros. En el viaje íbamos Sesé y yo. Quien no
conducía, leía en voz alta y nos íbamos relevando cada cierto tiempo. El primer
libro fue “Nuestro hombre en La Habana”, de Graham Greene. La escritura de
Greene resultaba tan entretenida que, pese a que salimos a las ocho de la tarde,
no paramos hasta llegar más allá de Valladolid, a las dos y pico de la
madrugada del sábado. De aquella no había autovía. Nuestra ruta era llegar a la
frontera de La Jonquera por Valladolid, Soria, Tarazona, Zaragoza y tras cruzar
los Monegros coger la autopista hasta Francia.
3.100 kilómetros
Imagino a algún lector preguntarse ¿Por qué esa
ruta tan larga, que añade unos cuatrocientos kilómetros al viaje, en vez de
salir por Hendaya y coger la autopista vasca desde Burgos, más o menos? En
1989, la línea recta no era el camino más corto. Para entrar en Berlín había
que cruzar buena parte de la República Democrática de Alemania y el cruce de su
territorio solamente se podía hacer por unos pasillos internacionales de los
que no estaba permitido salir hasta llegar a destino, que era Berlín
Occidental. Además, al igual que este año, en 1989 el mes de noviembre había
resultado extraordinariamente lluvioso y frío y en la ruta por Hendaya había
riesgo de que algún punto tuviese dificultades de tránsito por heladas, nieve o
tormentas.
Mientras averiguábamos cómo nuestro hombre en La
Habana se convertía en espía e iba facilitando detalles sobre las instalaciones
de misiles que los soviéticos tenían en Cuba a base de mostrar el esquema
interior de las aspiradoras de las que era representante, pasamos Lyon, que era
la ciudad en la que pensábamos parar a dormir. Pero la novela estaba
entretenida y decidimos seguir leyendo y conduciendo hasta finalizar el
capítulo, y eso sucedió en Macôn. En un hotel Ibis que había en la salida Macôn
Sud, paramos a dormir pasada la medianoche. Así discurrió el sábado 11 de
noviembre.
Cruzamos la frontera a Alemania por Estrasburgo.
Pero antes paramos en dicha ciudad para intentar conseguir marcos alemanes y de
paso, comer. Hicimos lo segundo, pero no lo primero. No nos habíamos dado
cuenta de que era domingo y los bancos estaban cerrados. Cruzamos el Rin y
entramos en Alemania, perdón, en la República Federal de Alemania, la RFA.
Pasamos Baden Baden (no era momento de parar a tomar las aguas, pero lo
haríamos seis meses después, en mayo de 1990) y paramos en Heidelberg, ciudad
universitaria en la que impartieron docencia Hegel y Weber. Después de varios
paseos por sus históricas calles encontramos un hotel en el que conseguimos que
nos cambiaran cien dólares por marcos. Por lo menos ya teníamos para llevar
algo de dinero en efectivo, ya que la mayoría de los pagos los hacíamos con la
Visa.
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Frontera de Marienborn, en noviembre de 1989. Foto Günter Mach. |
Dejamos Heidelberg con 2.380 kilómetros
recorridos desde la salida de Vigo y todavía nos faltaban 465 kilómetros para
llegar a la frontera con la RDA.
Helmstedt-Marienborn
Si ponéis Vigo-Berlín, hoy día en Google Maps o
en Vía Michelín, os trazará un itinerario en el que prácticamente todo el viaje
se hace por autopista. Podréis elegir alternativas. Pero hace treinta años,
para entrar en Berlín desde “Europa Occidental”, únicamente había cuatro rutas
posibles para viajeros no alemanes, utilizando otros tantos pasillos
internacionales, en los que no había salidas a territorio de la Alemania
Oriental. Tan solo un control de acceso fronterizo a la entrada y otro a la
salida. El de Helmstedt-Marienborn era el más transitado. Permitía un recorrido
más corto en suelo de la RDA, en la ruta hacia Berlín que los otros tres: 184
kilómetros. Además, también servía de tránsito para los viajeros que iban hacia
Polonia.
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Budapesterstrasse, iluminada en la noche, en Berlín Occidental. © FJGil |
Llegamos a Berlín pasadas las diez de la noche. El
hotel Franke, al que íbamos, está en una calle muy céntrica: la Albrecht Achilles
strasse, al lado de la gran avenida principal de Berlín Occidental, la
Kurfürstendamm. Buscamos un lugar en el que cenar algo, rápidamente, y nos
fuimos hacia la Puerta de Brandeburgo, al final de la avenida 17 de junio, que
atraviesa el Tiergarten, el parque público más grande de Berlín, en el que se encuentra el Zoo y una de las estaciones de tren. El final de la avenida, con la puerta de Brandeburgo
al otro lado del muro, se había convertido en un gran plató de televisión:
lleno de focos, de grúas que elevaban antenas parabólicas, de andamios que
improvisaban sets de televisión desde los que transmitían en directo los
informativos de canales de todo el mundo. Y, sobre todo, se encontraba uno de los puntos emblemáticos del muro que había sido levantado 28 años atrás.
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Plató de televisión improvisado ante el muro justo delante de la Puerta de Brandeburgo. © Francisco J. Gil |
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