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martes, 19 de agosto de 2014

Iberdrola no me toques la pirola

Recuerdo con simpatía la canción de Siniestro Total “Ayatollah no me toques la pirola”. Siniestro era un grupo que contaba en clave de punk rock lo que sucedía en aquellos años de la década de 1980. La música, convenientemente cargada de sátira se convierte en un arma de destrucción masiva contra el poder, capaz de inspirar al resto de los mortales. Nada más gráfico respecto a lo que les esperaba a los consumidores gallegos cuando se produjo la fusión entre Unión Eléctrica y Fenosa que el nombre de aquel grupo de rock en el participaba de manera protagonista el grandísimo Germán Fandiño, hoy Tony Lomba, que se llamaba Unión Penosa.
Embalse de As Portas en Vilariño de Conso. Los vecinos de este municipio tienen tres embalses, entre ellos el segundo más grande de Galicia, que es al que corresponde esta fotografía y uno que les arrasó la morrena de un antiguo glaciar. Sin embargo, sufrir semejante impacto ambiental no les supone que la luz les salga más barata.©F.J.Gil
Galicia vive inmersa en la desgracia eléctrica. Somos un país que produce un tercio más de la electricidad que necesita. ¿Exportadores? No. Explotados. Seríamos exportadores si la electricidad fuese nuestra. Pero es de Gas Natural-Unión Penosa, de Iberdrola, Endesa, etcétera. Todas ellas son compañías que tienen su domicilio fiscal en Cataluña, el País Vasco… y por tanto, los impuestos que liquidan cada uno de los consumidores de esa energía enriquecen las arcas del fisco de esas comunidades. Esa es la primera injusticia del sistema eléctrico que nos toca padecer.
La segunda injusticia se refiere al precio. Todos los productos tienen un precio basado en sus costes, lo que hace que si el lector quiere comprar un kilo de patatas gallegas, le saldrá por veinte céntimos en Xinzo de Limia y por un euro en Cuenca. Si lo que compra es un litro de gasolina, es más barata en Brunei que en Monforte de Lemos. Pero, en cambio, el kilowatio/hora lo paga igual el pensionista que vive en Os Peares, a trescientos metros de la central hidroeléctrica, que el señorito que se está tomando unas anchoas con txacolí en una terraza de la playa de la Concha en San Sebastián.
Y eso nos lleva a la tercera injusticia. Porque a igual precio, la electricidad, de la que somos productores excedentarios y exportadores, nos cuesta más cara a los gallegos que hemos de cargar con la lluvia ácida de las centrales térmicas de As Pontes de García Rodríguez y de Meirama y con la transformación del paisaje y la fauna de todo nuestro patrimonio hidrológico. Ya no hay anguilas, ni truchas, ni salmones más allá del primer valladar de Frieira en el Miño, condenando al padre de los ríos gallegos y a todos sus afluentes que ya no reciben las visitas de esas especies: Arnoia, Avia, Búbal, Sil y una larga lista de damnificados.
Así pues, pagamos más cara la luz porque a igual precio a nosotros nos cuesta nuestro paisaje y nuestro medio natural. El metro de Madrid y sus trenes de cercanías no son medios de transporte limpios. Simplemente tienen las chimeneas a seiscientos kilómetros de distancia: en Galicia.
Así pues, que Iberdrola no nos toque la pirola. Ni Unión Penosa, ni Endesa ni toda esa caterva de depredadores que cuentan con el apoyo de políticos agradecidos a los que sientan en sus consejos de administración o en sus comités asesores. Los recursos naturales gallegos enriquecen sus cuentas bancarias y aquí no dejan ni un céntimo de su valor añadido. Galicia es energéticamente sostenible y autosuficiente: con la potencia generada por las centrales hidroeléctricas, si actualizasen sus sistemas de generación, y las eólicas no precisaría tener en funcionamiento ninguna central térmica. Si no fuera, claro está, por la que hay que mandar a la España rica, a la que recauda el iva de nuestra electricidad y a la que llega como energía límpia.

lunes, 31 de marzo de 2014

Un aeropuerto para Adolfo Suárez

Foto Balta32
Ya está perpetrado. Me refiero al cambio de nombre del aeropuerto de Madrid. Imagino que muchos lo considerarán ir contra corriente, pero a mí me parece un disparate que para lavar la conciencia de quienes odiaron o, en el mejor de los casos, ignoraron en vida a Adolfo Suárez le tributen un reconocimiento póstumo propio de insensatos olvidadizos. Esto me suena a alguien que se olvida de comprar un regalo y a última hora envuelve en papel de charol una figurita de Sargadelos que tenía en una estantería.
No es serio. No es serio andar cambiando los nombres de las cosas ni de los lugares. El aeropuerto de Madrid se llama Barajas. Ya tiene nombre. Como lo tienen el de Barcelona, el de Santiago… el de Redondela, que también es de Vigo y de Mos, se llama Peinador como el antiguo apeadero del ferrocarril inconcluso entre Vigo y Mondariz, en honor a Enrique Peinador, el promotor de aquel trazado y del balneario de Mondariz.
Entre los argumentos peregrinos que he escuchado a favor del cambio de nombre está el de que los países de nuestro entorno le dedican sus aeropuertos a presidentes: Charles De Gaulle, Kennedy, Sa Carneiro… En Francia no se les ocurrió cambiarle el nombre a Orly cuando murió De Gaulle en 1970. Esperaron a 1974 e inauguraron el aeropuerto de Roissy con el nombre del que fuera general y presidente de la república. En Estados Unidos, Kennedy lleva el nombre de uno de los tres o cuatro aeropuertos de Nueva York (y también un portaviones). Pero hablamos de jefes de estado, no de jefes de gobierno, que es lo que era Suárez. Y en Portugal, que tienen un humor negro extraordinario, le pusieron el nombre del aeropuerto de Porto a un jefe de gobierno que murió en accidente aéreo. Pero no conozco a nadie de mi entorno, y son muchos los que van a ese aeropuerto a coger aviones, que le llamen Sa Carneiro. Todo el mundo dice Aeropuerto de Porto (o de Oporto), supongo que porque no es muy saludable mentar a un muerto en un avión cuando vas a coger un vuelo.
Además de un despropósito, el cambio de nombre al aeropuerto de Barajas es un acto de mala conciencia. La mayoría de los políticos españoles ya daban por muerto a Adolfo Suárez. Lo habían enterrado en 1991 cuando desapareció del mapa el Centro Democrático y Social, su último experimento fallido. Aquella fue su muerte política. Suárez fue como Gorbachov, como Moisés, el hombre instrumento. Moisés llevó al pueblo de Israel por el desierto. No se habría ganado la vida como guía de grupos pues los mareó durante cuarenta años de aquí para allá cuando el viaje tendría que haberlo zanjado en unas semanas. Hoy todo el mundo habla bien de Moisés, hasta se le dedicó una película protagonizada por Charlton Heston. Pero lo cierto es que a Moisés lo castigaron sin entrar en la tierra prometida. A Gorbachov le dieron el premio Nobel de la Paz, como artífice de la “democratización” de la URSS. Tenía la virtud de caer bien y la desgracia de hacerlo todo bastante chapuceramente, aunque con buenas intenciones. De aquellos polvos vienen ahora estos lodos, como el asunto de Ucrania y Crimea. Y de Suárez ¿qué os voy a decir? Fue el elegido por el Rey para desmontar el franquismo. Hizo su papel tan bien como supo, pero en el camino fue convirtiendo en enemigos hasta a sus propios amigos. Puede que nadie quiera recordarlo ya, pero en el “ruxe ruxe” que había antes de su dimisión y que tenía por objetivo quitarlo de en medio con un “gobierno de salvación nacional” estaban todos en el ajo: militares, socialistas, centristas… Lo que sucedió es que en España hasta las conspiraciones se hacen a cámara lenta y antes de conseguir que Armada fuese presidente, Suárez ya había dimitido. El golpe de estado fue un ejemplo de que inteligencia y militar son dos palabras que no encajan, como agilidad burocrática, dos oxímoros. Y para cuando Tejero enseñó su bigote en el Congreso ya se habían desapuntado de la intriga la mayoría de los conspiradores. El mandato de Suárez, no podemos olvidarlo, comenzó como una brillante epopeya pero acabó como un sainete.
Hay cosas que no las lava ni el jabón ni el cambio de nombre de un aeropuerto.

martes, 7 de enero de 2014

Pescanova y los trileros

Jugar en bolsa. El propio verbo lo explica todo. No se trata de invertir, ni de ahorrar, sino de jugar. Un viejo amigo me contaba hace ya un par de décadas que en España había tanto jugador en bolsa porque era el único lugar al que podían acudir los ludópatas a quemar su dinero en un país en el que estaban prohibidos los casinos y el juego.
Dicen que quien se arma de paciencia suele recuperar el dinero perdido cuando las cosas vienen mal dadas en el mundo bursátil. Pero eso no va les va suceder a los accionistas de Pescanova, a quienes se les anuncia que van a perder todo lo que tenían invertido en títulos de la compañía redondelana. Por ejemplo, Ferrán Adriá poseía a principios de 2013 algo más de medio millón de euros en acciones de Pescanova. Si lo hacía pensando en ahorrar, le ha salido el tiro por la culata, ese patrimonio se le ha quedado como la cocina que practica: deconstruido. Más bien, destruido, es decir, se ha esfumado.
No juego a bolsa. Cualquier casino me parece mucho más seguro, más decente. Al menos sabes contra quién juegas, no hay tiburones ni brokers ni especuladores. Tampoco hay una Comisión Nacional del Mercado de Valores que no ha servido para garantizar la seguridad de los inversores, pese a que ese es su principal cometido. No sirvió en el caso de Bankia ni en el de Pescanova. En los casinos tampoco hay, sentados a la ruleta, empresas auditoras, esos chicos de traje y corbata que se supone que vigilan para que las cuentas de las empresas sean las que dicen que son y no otras. ¿Os acordáis de Arthur Andersen? Era la de más prestigio. Los “arturitos” cuando dejaban la compañía eran fichados con grandes sueldos por bancos y cajas de ahorro. Uno de ellos tiene que visitar el juzgado cada quince días después de haber pasado por un alto cargo en Caixanova-Novacaixa por su fabulosa indemnización a costa del erario público cuando dejó Novacaixa después de haber sido miembro de una corte de ejecutivos agresivos que dilapidaron el patrimonio de una de las cajas más saneadas de España. Y lo que es peor, era nuestra, y por su avaricia la arruinaron y está en venta a precio de saldo.
Pero llegó el escándalo de Enron Corporation y se llevó por delante la reputación de la consultora. ¿Qué fue de aquellos que trabajaban allí? Unos marcharon para KPMG, otros para Deloitte...  Nunca se aprende de los errores de los demás. El caso Enron no sirvió de escarmiento ni de ejemplo de que una empresa por muy auditada que esté puede acabar dando la campanada. ¿Quién auditaba el astillero Barreras que pasó de dar beneficios un año a ser la ruina de muchas empresas y proveedores al año siguiente? ¿Quién auditaba Bankia?
No recuerdo cuántos pequeños accionistas hay en Pescanova. Lo leí en algún periódico pero me olvidé. Es lo mismo. Serán muchos. También algunos medianos, como sucedió en Bankia y en otras muchas compañías de las que cotizan en bolsa. Ahora que comienza 2014 sabrán que entre jugar con trileros o con auditoras y comisiones nacionales del mercado de valores, es siempre mejor hacerlo con los primeros. A los delincuentes de la calle les puedes mirar a los ojos mientras te roban.

viernes, 19 de octubre de 2012

Campaña electoral virtual

Para mi amigo Ignacio Oliveira, alias profesor Olivander,  que en este fin de semana anda de caminata de largo recorrido, y para mi hermana Laura, que me lee desde el cálido otoño de Fuerteventura. Ambos saben perfectamente para qué sirve una fiesta electoral: para disfrutarla, pero lejos de  los políticos.




Recuerdo mi primera campaña electoral. Fue al mismo tiempo la primera en la que voté, salió el candidato por el que votaba (y solo salió él) y me pilló trabajando. Tras mis primeras prácticas en la redacción de Faro de Vigo el verano anterior, prolongué la estancia en el periódico hasta el mes de noviembre, para poder trabajar también en las primeras elecciones autonómicas, aquellas de octubre de 1981. Hago un inciso para homenajear a dos ministros, uno de Educación que se llamaba José Manuel Otero Novas, y el otro de Universidades que se llamaba Luis González Seara. Ambos eran ministros del gobierno de Suárez en aquel momento al que me refiero, y ambos gallegos: el primero, natural de Vigo y el segundo de A Merca, en la provincia de Ourense. Les rindo homenaje porque como políticos eran de otra condición y porque además, en aquellos tiempos, las clases en la universidad comenzaban pasado el 12 de octubre y no como ahora que se adelantan a la primera quincena de septiembre. Parece como si el gobierno de hoy día tuviese prisa en que los estudiantes españoles empezaran prematuramente las clases, no sé, ¿será para engrosar antes las listas de parados? Esto me da para escribir otro artículo pero lo dejaré para más adelante. Volvamos a lo que quería deciros.
En aquellos tiempos, los mítines eran mucho más "caseros".Podías ver a
Rajoy, jugando con una chapa de botella de Mondariz en pleno "speech".
 
La cuestión es que en aquella campaña electoral, la primera autonómica, a la que se presentaban como candidatos Gerardo Fernández Albor, alias Merendiñas, Paco Vázquez, Bautista Álvarez, Camilo Nogueira y Ángel  Guerreiro había sido todo un despliegue de mítines, megafonías por las calles, avionetas con pancartas, papeletas, panfletos, pasquines y muchos carteles pegados por las calles. El Vigo de aquel momento, que era un Vigo arruinado por la crisis en el sector naval, con Ascón cerrado y varios astilleros sin carga de trabajo, tenía muchos escaparates llenos de carteles electorales de vota a éste o a aquel otro. Lo cierto es que eran escaparates de tiendas cerradas. La calle del Príncipe estaba más oscura que un suburbio y la situación era tan dramática que en muchos comercios, vacíos, los trabajadores temían por la continuidad de sus empleos. Recuerdo que había en uno, que estaba pegado a la redacción local del Faro, allí en la calle Colón que se quejaban de una manera muy descriptiva.
-¿Qué, cómo va la cosa?
-Terrible. No entran ni a robar.
La diferencia entre aquella crisis y ésta estaba en que el despido todavía no era libre y las listas de parados no crecían de una manera tan alarmante como hoy día. Supongo que la ventaja de la moneda nacional frente a la única, se hacía notar y la competitividad se arreglaba devaluando la peseta y entonces se apretaban todos el cinturón, no solo se devaluaban los salarios y los servicios sociales. La cuestión es que se gastaba mucho dinero en una campaña electoral en papel y en tinta. Eran buenos tiempos para las imprentas y para los periódicos y para las emisoras de radio. Había una incipiente “industria electoral” que generaba empleo temporal. Más, desde luego, que la vendimia, ya que, además, en aquellos tiempos ni siquiera existían la mayor parte de las denominaciones de origen vinícolas de Galicia.
Han pasado 31 años y ocho campañas electorales –está a punto de terminar la novena de las autonómicas gallegas– y ¿qué ha cambiado? También estamos en crisis, en los comercios no entran ni a robar, pero ahora ya no hay ni carteles ni una industria electoral que dé ganancia a las imprentas, ni a las avionetas, ni a las megafonías. Todo se airea por las redes sociales. Abro el Facebook y me encuentro con que una veintena de los que tengo agregados como amigos  se pasan todo el día colgando en la red propaganda de aquellos a quienes van a votar. Algunos son significados militantes y hasta candidatos de las distintas listas que se presentan. La gran ventaja de internet en general, y de las redes sociales en particular es que permite a cada uno, expresarse libremente y transmitir libremente aquello que piensa o a quiénes quiere apoyar con su palabra, su voz, sus dibujos, carteles, fotos, recortes de periódicos, enlaces a otras páginas, etcétera. Hasta ahí todo bien. Pero cuando convierten una red social en un babel lleno de ruido electoral, lo que están haciendo es invitar a sus amigos a que dejen de serlo.
Por suerte, la cosa se acaba. Llega el fin de semana y Meteo Galicia anuncia que el domingo no lloverá, solo habrá elecciones. Claro que, el problema de Meteo Galicia es que debieron despedir a los meteorólogos y habrán contratado economistas porque desde hace unos cuantos meses no aciertan ni una.
Y si queréis mi pronóstico, ya nos lo anticipo. Parafraseando a Pío Cabanillas, “no sé quiénes, pero sé que perderemos”.

martes, 16 de octubre de 2012

Juan Luis Cebrián y la tercera edad


Me gustaron mucho las declaraciones de Juan Luis Cebrián, en las que señala que a partir de los cincuenta años los periodistas llegamos a la tercera edad. Me gustaron porque siempre lo consideré un imbécil y al ver que había llegado tan alto, que incluso lo habían hecho académico de la Lengua, esa visión tan despectiva que tenía de él, una de las figuras del periodismo español de la Transición, pensaba que era pura ojeriza sin sentido. Manías de un provinciano. Pero gracias a sus declaraciones y a todos los artículos, cartas al director y comentarios con los que muchos colegas de mi oficio han reaccionado ante semejante despropósito –en el que el asunto de la tercera edad era lo de menos–, me sentí, por fin, satisfecho. Me recordó el día en que el entonces alcalde de Santiago, Xerardo Estévez, me calificó de periodista indocumentado y amarillista por publicar un reportaje en el que advertía de que millones de termitas se estaban comiendo el patrimonio de la humanidad en Compostela y seis meses más tarde, tuvieron que cerrar, por primera vez desde la Edad Media, la Catedral de Santiago para poder hacer un tratamiento de urgencia contra la plaga de insectos que se estaban comiendo el patrimonio artístico.
Como periodista siempre pensé que uno es reo de sus propias palabras –también de sus hechos– y si Cebrián dice que a los 50 se llega a la tercera edad, es consecuencia de que, en su caso, la demencia le llegó tan precoz como su vocación periodística, allá por los años sesenta del siglo pasado. Eso explica que a lo largo de su vida sus palabras hayan servido, al mismo tiempo, para elevarle hasta los laureles académicos y para vituperar a la profesión que deshonra mientras se enriquece con la plusvalía del trabajo de más de cuatrocientos profesionales. Cebrián ganó en 2011 más de 13 millones de euros. Con un solo despido, el suyo, Prisa podría ajustar el presupuesto sin tener que deshacerse de los casi 140 periodistas a los que quieren ponerles la chaqueta en las próximas semanas. Un accionariado medianamente lúcido no tendría duda en la elección: ¿De quién nos deshacemos? ¿Del ejecutivo que consiguió que nuestras acciones de Prisa pasasen de valer 20 euros a 40 céntimos de euro o de los periodistas que con su trabajo nutren las páginas con las que facturamos cinco millones de euros al mes en el periódico más prestigioso en el mundo hispano? Además, está la cuestión social: Cebrián ya tendría que estar jubilado, cobrando su pensión, viajando con el inserso. Tiene casi 68 años, en su caso sí es cierto lo que dijo: ya es un periodista acabado y como ejecutivo no se le conocen más que fracasos.
La cosa no puede estar más clara. Los lectores estoy seguro que tomarían la decisión adecuada. ¿Será que mi ojeriza se acentuó ahora que ya estoy en la tercera edad?

martes, 2 de octubre de 2012

Uns vão bem e outros mal

A Marina Molares que a veces me lee desde Portugal. Nuestra amistad ya ha superado la edad de Cristo.
 
Me gusta ir a Portugal. No hay lugar en el mundo en el que me sienta mejor acogido. Recientemente hice un recorrido por toda la región Norte gracias al cual conocí rincones sorprendentes y me sirvió para ratificar mi teoría de que, al contrario de lo que algunos piensan, los portugueses son una versión avanzada de lo que somos nosotros. Es cierto. A veces resultan excesivamente hiperbólicos, pero incluso sus exageraciones están cargadas de lirismo y, a veces, de ironía.
Su condición de adelantados la podemos constatar en numerosos campos: llegaron a la democracia antes que nosotros y lo hicieron con una revolución que fue tan singular como ejemplarizante por su cariz pacífico. Su revolución enológica, prestándole más atención y cuidado a la elaboración de los vinos, se adelantó más de una década a la gallega. Recuerdo, cuando era infante, que mientras aquí seguíamos escuchando la radio en Onda Media, ellos ya tenían emisoras de FM en estéreo y en esa misma época nos daban sopas con hondas en turismo rural.
Si queremos ver lo que nos va a pasar con la crisis y el rescate de nuestros amigos europeos no tenemos más que cruzar el Miño o la raya seca y ver la situación de Portugal: las carreteras están llenas de tráfico porque no hay dinero para pagar los peajes. En las ferias y tiendas ya solo compran los extranjeros y han convertido el shopping en su principal entretenimiento. ¿Dónde están los miles de portugueses que venían a Vigo los sábados y llenaban El Corte Inglés, y se gastaban miles de escudos en los comercios, en los restaurantes, en los hoteles y en los bingos gallegos? Se quedan paseando por sus grandes centros comerciales de las afueras de las ciudades, que allí se está calentito y el estacionamiento es gratuito. Recuerdo que cuando Zapatero decía que la banca española jugaba en la Champions League, una funcionaria portuguesa me contaba que el empobrecimiento de su salario le había abocado a comprar en los bazares chinos hasta la ropa que llevaba puesta.
Aquello tenía que haber sido una premonición. Estar en Europa tuvo muchos, muchísimos beneficios: para la banca, para las grandes empresas que pudieron disfrutar del movimiento libre de capitales y mercancías y exportar como nunca e importar también;  para los políticos que dispusieron de miles de millones de euros con los que hacer obras que podían inaugurar en cada campaña electoral. En estos viajes que os comentaba por Portugal, llegué a circular por vías rápidas que ni siquiera estaban todavía en los mapas, de tantas que hicieron con dineros que llovían de Bruselas. Pero a la hora de pagar los despilfarros, de enfrentarse a una crisis, ¿Quién paga los platos rotos? Como no se puede devaluar la moneda, porque ya no es nuestra (y además eso perjudicaría a nuestros amigos que a la vez son quienes nos mandan y nuestros competidores), pues se devalúa la calidad de vida de los ciudadanos. Devaluar salarios, prestaciones sociales, servicios públicos y a la vez subir impuestos es llevarnos a pasos agigantados hacia los procelosos dominios de la pobreza. Y en eso, desgraciadamente, también van por delante mis queridísimos amigos portugueses. Su drama, es un aviso del que será nuestro drama en unos meses.

miércoles, 13 de junio de 2012

Cosas mejores que hacer con cien mil millones que rescatar los bancos

La fábrica de la moneda de Merkel, que es ese maquinillo al que llaman Banco Central Europeo y que sirve para imprimir euros está entintando las rotativas para lanzar cien mil millones que le prestará a España para que arregle los desaguisados de los bancos. No sabemos cuánto nos van a costar, ni si serán en papeles de 50, 100, 200 ó 500 euros, o la Merkel nos dará un surtido como cuando se trata de bombones belgas. Guindos está muy contento porque sus socios, que es como les llama aquí a sus jefes, le van a prestar ese dinero para pagar los pufos que sus amigos dejaron en algunas cajas de ahorro y bancos cuando estuvieron al frente de ellos. Rajoy, en cambio, está disgustado, porque él esperaba ser otro presidente. Tuvo que poner la cara cuando el Prestige llenó de chapapote toda Galicia, tuvo que aguantar el tipo cuando Aznar nos metió en la guerra de Iraq y ahora tiene que ir pidiendo árnica por Europa adelante para lavar la imagen de un país en el que hasta el presidente del Consejo General del Poder Judicial es un falsario manirroto a costa del erario público.
Llevar al hombre a la Luna salió más barato que el rescate bancario y dio  miles de millones de beneficio. (NASA)
¿Y nosotros? ¿Estamos contentos? Si fuese rentista estaría contentísimo porque podría conseguir intereses del 6,7 por ciento comprando bonos del tesoro a diez años. Pero ese privilegio le quedará a los bancos, que van a recibir cien mil millones al cuatro por ciento y los van a poder colocar al 6,7 (así que ya os podéis ir olvidando de que fluya el crédito para la pequeña y la mediana empresa).
¿Contentos? Nada en absoluto. Si alguien va a tener que pagar ese rescate vamos a ser nosotros y, en verdad, puestos a disponer de tal cantidad de dinero, a mí se me ocurrirían cosas mejores en que gastarla. Cien mil millones de euros. Con ese dinero y lo que llevan ya recibidos los bancos y cajas de ahorro ya deben ir cerca de 130.000 millones de euros. Si hay un adjetivo que puede calificar esa cifra es “Astronómica”. 130.000 millones de euros costó el programa espacial que se desarrolló en Estados Unidos durante toda la década de 1960 y llevó, al final de la misma, a un hombre a poner el pie en la Luna. 130.000 millones de euros de hoy, algo más de 25.000 millones de dólares de aquel momento.
Con 130.000 millones de euros, Kennedy y sus sucesores llenaron los institutos de Estados Unidos de telescopios, laboratorios de física, reforzaron los programas educativos de las asignaturas científicas y tecnológicas, propiciaron el desarrollo de las industrias aeronáutica y astronáutica y revolucionaron sectores tecnológicos en los que Estados Unidos se convirtió en líder indiscutible durante todas las décadas siguientes. Hay quien erróneamente piensa que viajar a la Luna fue un disparate. Disparate es darle cien mil millones a los bancos españoles. Viajar a la Luna, nos dio la telefonía celular, las comunicaciones vía satélite, la informática, la tecnología de los microprocesadores, los chips, los pañales desechables, el GPS y que el hombre del tiempo no tenga que esperar a que le llamen desde un barco en medio del Atlántico (¿alguien se acuerda del barco K?) para decirle dónde está el anticiclón de las Azores.
Con 130.000 millones de euros se pueden hacer muchas cosas buenas. Pero ninguna de ellas pasa por dársela a los bancos. Supongo que habrá honrosas excepciones, pero lo cierto es que el sistema financiero español, ha reducido la riqueza de nuestro país en más de un diez por ciento durante una crisis que nos descubrió el lado más salvaje de un capitalismo depredador que se sostiene en la inmoralidad de unos desaprensivos y en la excesiva benevolencia de un sistema que permite que situaciones como ésta se lleguen a producir a escala global. Falló la teoría de Adam Smith. La mano invisible que todo lo regula sin necesidad de leyes, fue tan invisible que no funcionó. La Unión Europea que limita la producción de leche de nuestros ganaderos y regula los cultivos en nuestros campos, fue extremadamente condescendiente con los especuladores, los delincuentes financieros, propició gastos faraónicos que subvencionó hasta con el 80 por ciento. Y ahora quiere que nos endeudemos más, cada uno de nosotros, para que los mismos que han llevado el barco a las piedras se vayan de crucero otra vez.

miércoles, 23 de mayo de 2012

¿Sanidad? No, gracias. ¡Que privaticen Gaiás!

El presidente de la Xunta de Galicia, más conocido por Espléndido Garvey por su tacañería presupuestaria en los tres ejercicios que lleva al frente de la comunidad de vecinos de Galicia, acaba de dejar caer, como quien no quiere la cosa, que podría privatizar la sanidad. Supongo que será porque quiere ahorrar más. Si es así, tiene una opción mucho más decente: despida usted a la conselleira de Sanidad. No solo no ha conseguido mejorar el servicio público de salud, sino que tampoco le ha servido para ahorrar el empeoramiento de las listas de espera. Privatizar con la excusa de que se mejorará, es reconocer implícitamente el fracaso en la gestión llevada hasta ahora. Y como este gobierno carece de política y solo presume de gestión, si la hace mal, lo lógico es que haga acto de contrición, propósito de enmienda y pida perdón por sus pecados. Pero que no comenta otros más capitales como vender la salud de sus ciudadanos a empresas privadas. Porque, seamos sinceros. Si la Xunta privatiza y alguna empresa entra en el negocio, será para hacer dinero. Entonces ¿cómo es posible que algo que resulta ruinoso para el gobierno de Espléndido Garvey sea negocio para emprendedores privados?

Supongo que en su discurso de justificación de esta política (porque si privatiza será la primera acción política que tome en su mandato) empleará el argumento de que todos ganaremos. Y puede que tenga razón. Pero entonces, yo querría que fuese más lejos: privatice todo el gobierno. ¿Para qué tener políticos que no hacen política y que gestionan de manera que deben recurrir a la iniciativa privada para que le arregle las cuentas? La privatización es el último recurso frente al fracaso de la política. Reconozco que sería lo adecuado por ejemplo ante un muerto de las dimensiones del Gaiás, ese  mausoleo que Fraga mandó hacer y al final no quiso ocupar que se llama Ciudad de la Cultura. Esa es la clave: que privaticen el Gaiás. Se pueden hacer muchas cosas: residencias para estudiantes (ahora que se van a reducir las becas, podrían compensárseles de alguna manera), un centro comercial, un almacén, o quién sabe. Cualquier cosa será más rentable que dedicarlo a ocupar miles de metros cuadrados sin más objeto ni propósito que ser un mero continente de la nada o que empeñen en expoliar el patrimonio cultural de las ciudades gallegas, como la amenaza del inconsciente del BNG que propuso llevar para allí la colección de la plástica gallega de Caixanova, ahora que esa entidad ha sido expoliada por sus antiguos dirigentes y su obra social se ha quedado huérfana y sin pensión.

Reconozco que Garvey intenta recuperar las cuentas de Galicia del despilfarro vivido en el pasado y que es un tipo decente. Que tuvo la mala suerte de ser presidente en un momento en el que le crecen los enanos después de que nos llenaran Galicia con infraestructuras faraónicas que ahora resultan insostenibles. Pero el problema de la sanidad será otro, sin duda. Es el mismo que ocurre en todo el mundo y que hace unos años denunciaba un artículo del New England Journal of Medicine, el Diario Médico de Nueva Inglaterra. Decía aquel artículo que en las últimas décadas la mayor parte de los sistemas de salud públicos habían visto cómo se incrementaban sus costes no por aumentar el número de médicos o de enfermeros que atienden a los pacientes, sino porque se habían inflado los servicios de gestión: hay más gerentes, más gestores, más controladores, más departamentos de planificación, más administrativos. ¿Cómo es posible que mientras la tecnología nos brinda la posibilidad de reducir los servicios administrativos y de gestión en todas las áreas de negocio en el mundo privado, en los sistemas públicos crecen? Desde que se transfirió la sanidad a Galicia en 1990 el número de médicos prácticamente no ha crecido. Se sustituyen las bajas por nuevas incorporaciones, pero muchas veces por interinos. Pero en cambio los servicios de gestión, de planificación tienen cada vez más personal. ¿No estará ahí el problema, en que como en el ejército de Pancho Villa hay demasiados sargentos por cada soldado?

Querido Garvey, yo que tú le daría otra pensada, antes de tomar esa decisión. Piensa que si en un sistema de salud hay margen para que un empresario gane dinero y a la Xunta, que somos todos, le salga más barato que el modelo actual, solo puede ser porque algo estáis haciendo mal.

jueves, 17 de mayo de 2012

¿Cuándo irán a la cárcel?

Dice el refrán que “detrás vendrá quien bueno me hará”. Desde hace unas semanas, o tal vez meses, pueden repetirse una y otra vez esa frase personajes que hace un par de décadas nos parecían perversos. Pienso, por ejemplo, en Mario Conde y en el difunto de Mariano Rubio,  quienes pasaron una temporadita en la cárcel por verdaderas nimiedades si las comparamos con las que estamos viviendo en el presente. Me pregunté, antes de ponerme a escribir estas líneas lo que imagino que muchos de vosotros estaréis pensando ahora. ¿Por qué fueron a la cárcel, Mario Conde o Mariano Rubio y en cambio se han salido de rositas los facinerosos que han hundido las cajas de ahorro españolas? ¿Cómo es posible que tras el escándalo Banesto, un tribunal le obligase a devolver a Mario Conde algo más de siete mil millones de pesetas, además de condenarlo a varios años de cárcel y en cambio a José Luis Méndez en vez de meterlo entre rejas le diesen dos mil seiscientos millones de pesetas de premio por su delictivo final al frente de la caja gallega? ¿O que entre tres directivos de la antigua Caixanova se llevasen más de tres mil millones de las antiguas pesetas después de arrojar a las piedras del naufragio la que había sido la Caja de Ahorros Municipal de Vigo? ¿Habrá algún fiscal o algún juez que investigue cómo Caja Madrid pasó de ser la más grande y solvente de España cuando estaba dirigida tan certeramente por el pontevedrés Jaime Terceiro a una ruina llamada Bankia que nos va a costar miles de millones (y ahora ya no de pesetas, sino de euros) después de haber sido mangoneada por los amigotes de Aznar y Esperanza Aguirre?
No, queridos amiguitos. Nadie irá a la cárcel. Nadie saldrá condenado. Mario Conde estaba al frente de un banco, una empresa privada, y sus accionistas se enfrentaron por la vía judicial a un presidente que consideraron que les había engañado, al tiempo que, como buitres, sus competidores arrojaban leña al fuego para que la pira de Conde ardiese con más fuerza. Pero las cajas de ahorro no tienen accionistas. No tienen dueño. Son como barcos corsarios que navegan por el proceloso mar de la economía sin dios ni patrón y sus capitanes, verdaderos piratas, han dedicado el dinero que no tenían que repartir entre accionistas, a comprar voluntades. Las mismas cajas de ahorro que desahuciaban a quienes no pagaban las hipotecas condonaron cientos, miles de millones de pesetas a partidos políticos cuando no cuadraban las cuentas de las campañas electorales. Ayudaron a alcaldes a pagar las nóminas de sus ayuntamientos cuando la tesorería municipal estaba falta de liquidez o renegociaban deudas de miles de millones de pesetas a grupos de comunicación que a cambio de consentir que su agujero financiero fuese cada vez más y más profundo, mantenían una política informativa blanda frente a las delictivas acciones de los ejecutivos de esas cajas.
Nos han robado nuestras cajas unos delincuentes choriceros. Querían ser más, tener más poder. Más sucursales. Compraron acciones de empresas ruinosas. Se metieron en el ladrillo para dar de ganar a sus parientes. Se asociaron con compadres, consuegros y demás familia sin que nadie dijese ni pío. ¿Quién iba a decirlo, si había medios comprados con créditos blandos o con generosas campañas de publicidad? ¿Qué político iba a denunciarlo si todos dependían de esos delincuentes para financiar sus carreras electorales? Muy al contrario, había peleas por sentarse en los consejos de administración para cobrar dietas fabulosas o conseguir créditos al 0 por ciento de interés y luego poner ese dinero a plazo fijo en un banco de la competencia y así sacar unos miles de eurillos de propina.
El nuevo gobierno, que ya no es tan nuevo y empieza a estar demasiado visto, intentó echarle carnaza a los voraces mercados financieros. Primero la subida de impuestos. Luego, la reforma laboral y el despido de saldo. Después, la investigación. Le siguieron la sanidad y la educación. Todos los derechos sociales peleados durante décadas arrojados a bocados para intentar despistar, mientras el verdadero problema, el agujero financiero y el escándalo de las cajas de ahorro seguían sin resolver. La frialdad con la que se siegan los fundamentos del Estado del Bienestar se convierte en tembleque de miedo a la hora de ponerle el cascabel al verdadero gato que es la banca y, de paso, las bolas de presidiario y el pijama de rayas a quienes nos han traído hasta aquí. Tienen nombres y apellidos. Se han llevado millones de euros y han causado millones de parados ¿Por qué los siguen encubriendo? ¿Cuando irán a la cárcel?

lunes, 23 de abril de 2012

Mearon por encima de nuestras posibilidades (pero no dijimos que lloviese)

Leí hace unos días que el gobierno de Rajoy tiene entre sus planes para reducir los gastos en el capítulo de Sanidad, aplicar el principio de reciprocidad en materia sanitaria. Me explico: la sanidad será gratuita para aquellos extranjeros de países en los que la sanidad es gratuita para los españoles. De todas las medidas que ha adoptado hasta ahora el gobierno conservador ésta es la más lúcida. Lo que no entiendo es por qué no se aplica la misma reciprocidad en otros asuntos. Por ejemplo: ¿Por qué no mandamos de vuelta a los soldados que tenemos en Afganistán, en el Líbano y en otras aguas que no son de nuestra jurisdicción? Buena parte de la situación en la que se encuentra nuestro país se debe a que ha vivido por encima de sus posibilidades. Vivir por encima de las posibilidades, en el caso de un país, no es que sus ciudadanos coman nécoras en vez de chopped o tengan un Audi en vez de un Panda. Muy al contrario. Fueron otros los que vivieron por encima de nuestras posibilidades. Mearon por encima de nuestras posibilidades y ahora nos quieren hacer creer que llueve.
España vive por encima de sus posibilidades cuando se convierte en el primer país de Europa en kilómetros de alta velocidad, pero en cambio tiene que comprar la tecnología para desarrollarla a Alemania, a Francia y a otros países.
España vive por encima de sus posibilidades cuando sus dirigentes deciden construir aeropuertos como el de Ciudad Real, o el de Badajoz o el de Castelló, cuando no hay aviones ni demanda de uso que se cierna sobre el horizonte. ¡Qué disparate apostar por la alta velocidad y la aviación a la vez! Es como empeñarse en llevar cinturón y tirantes en el mismo pantalón.
Galicia vive por encima de sus posibilidades cuando deciden construir mamarrachadas como la Ciudad de la Cultura en el monte do Gaiás y en cambio no saben cómo acabar con el problema endémico del fuego en los montes de verdad. Todavía estoy esperando al buen pirómano (si hubo un buen ladrón tendrá que haber un buen pirómano) que se acerque por el Gaiás, aunque con tanto hormigón dudo mucho que arda.
Y desde luego, España vive por encima de sus posibilidades cuando mantiene un gasto militar improductivo como es mantener contingentes en Afganistán, en el Líbano y en otros países.   
Que Estados Unidos tenga tropas por todo el mundo es lógico. La industria militar norteamericana es la primera locomotora científica, industrial y económica de dicho país. No tenemos más que recordar que si la carrera espacial fue posible fue gracias a la guerra fría y con ella prosperaron industrias como la aeronáutica, la de las telecomunicaciones  y toda la industria informática desde los computadores hasta internet. Pero, ¿qué se nos pierde a nosotros en Oriente Medio o en Afganistán? Solo el dinero. El dinero que debería destinarse, por ejemplo, a mejorar las condiciones de competencia de nuestra economía. Y la competencia no se consigue abaratando costes, sino generando nuevos elementos de riqueza. Si Alemania tiene una economía más sólida y competitiva que España no es porque los sueldos de los alemanes sean más baratos que los de los trabajadores españoles, ni porque tenga una administración pública más reducida. Muy al contrario: los salarios son más altos, hay más funcionarios en términos porcentuales y en términos absolutos.
Para salir de la crisis hay que recortar gastos. Pero no todos los gastos.  En cambio, hay que poner fin a todas las mamarrachadas: aeropuertos en Castelló, Ciudad Real, Badajoz y… por supuesto, el Gaiás.
Decía Goebbels que cada vez que alguien le mencionaba la palabra cultura se le iba la mano a la pistola. A mí me pasa lo mismo cuando alguien me menciona la Ciudad de la Cultura. Lo cierto es que no llevo pistola. Pero mi pluma está más cargada que una Luger.

jueves, 5 de abril de 2012

¡Vivan el fuego y los pirómanos!

¿Cuántas décadas más vamos a tener que seguir viendo imágenes como ésta? (Foto F.J. Gil)

Según la Iglesia Católica de los primeros tiempos del Papa Pablo VI, el Papa Rojo, el ser humano alcanzaba el uso de razón a la edad de siete años, de ahí que no recomendasen que se hiciera la Primera Comunión antes de esa edad. Viene esto a cuento para decir que desde que tengo uso de razón  veo arder los montes en Galicia. En la infancia, antes de que El Corte Inglés llegase a Vigo y me quitase las vistas al mar, podía ver desde el balcón de mi casa cómo ardían los montes del Morrazo todos los veranos hasta que ya no hubo más árboles que quemar.
Hace unos días estaba de invitado en un programa de televisión en el que me precedían en el plató tres políticos de los tres partidos mayoritarios que se dedicaron a divagar sobre la diferencia entre la culpa y la responsabilidad en los incendios forestales en Galicia. Decían que si bien había una responsabilidad por parte de la Xunta en lo que respecta a los incendios forestales, la culpa realmente era de quienes encendían la cerilla y prendían fuego en el monte.
Podría estar de acuerdo con ellos en 1968, el año en que cumplí mi primer uso de razón, mientras veía el fuego en los montes de Moaña. Pero a estas alturas de mi vida, con siete usos de razón sobre mis espaldas, tuve que morderme la lengua para permanecer callado y recordar que yo iba allí solo a hablar de cosas de comer.
Pero, queridos lectores, aquí ya no. Aquí no me muerdo la lengua. ¿De quién es la culpa de que ardan los montes? Sin lugar a dudas: de la Xunta. De todas las Xuntas que ha habido desde 1981 y antes, de que existiese el gobierno autónomo, de Adolfo Suárez, de Carlos Arias Navarro y de Franco. Si arde un monte por un incendio provocado, la culpa es del pirómano, del psicópata que carente de sentido de la culpa no duda en hacer daño a los demás por satisfacer un placer realmente morboso. Pero cuando llevo cuarenta y tantos años viendo arder los montes de Galicia, ya no puedo pensar en que la culpa es de los pirómanos, sino de todos los gobiernos que hemos padecido desde aquel año en que tuve mi primer uso de razón que no han sido capaces de resolver un problema vital para una nación y sus bosques y, en general, para todo su ámbito rural.
En todas las décadas de mi vida he visto arder los montes mientras el gobierno de turno le echaba la culpa, primero a los comunistas que así echaban leña al fuego contra el gobierno de Franco, luego a los anarquistas, porque querían desestabilizar, después al Bloque, a los madereros para comprar madera barata, a los a los ecologistas que se oponen a la plantación de eucaliptos y ya por último, cuando se agotaron todas las disculpas, descubrieron que había pirómanos. ¿Por qué en Andalucía, que tiene una extensión tan grande como Austria y un clima mucho más seco que nosotros no hay tantos incendios como en Galicia? ¿Es que en su población, tres veces mayor que la nuestra no hay pirómanos?
La culpa de los incendios las tiene el gobierno que invierte millones de euros, perdón, quise decir, que despilfarra cientos de millones de euros en construir la Ciudad de la Cultura –fiel reflejo del analfabetismo bananero de quienes la perpetraron– y otros tantos cientos de millones de euros en el Puerto Exterior de A Coruña, pero que es incapaz de dedicar ni una sola neurona a pensar a largo plazo, a diez, a veinte años vista y afrontar con decencia una política de defensa y revalorización de la Galicia interior, su campo, sus montes y su patrimonio natural. ¿Por qué no lo hacen? Tengo una opinión muy clara al respecto: los votos están en la costa, que es donde hay población. Hay más votantes en Vigo que en toda la provincia de Ourense y las ciudades de Santiago y A Coruña suman más que toda la provincia de Lugo. Si el dinero derrochado vilmente en el monte Gaiás de Santiago se hubiese invertido en los montes de verdad de Galicia, otro gallo nos cantaría.
Ahora nos rasgamos las vestiduras porque arden las Fragas do Eume. Hace unos meses ardían miles de hectáreas en el Macizo Central Ourensano y nadie dijo nada. Ese también es un síntoma. ¿Será que tenemos la política y los políticos que queremos? Yo, desde luego no. Y que nadie se lleve a engaño: Galicia será un país pobre mientras no exista una Gran Política Rural capaz de fijar población y crear empleo a partir de sus bosques y sus montes. La industria es volátil y acaba siempre en China, pero el patrimonio natural no se puede “deslocalizar”.
Y dicho todo esto, ¡Larga vida a los pirómanos! A ver si de aquí a mis próximos siete usos de razón hay algún presidente en la Xunta que se dé cuenta de que cuando el bosque esté vivo y genere empleo ya no habrá criminal que se atreva a prenderle fuego.

jueves, 22 de marzo de 2012

Judas y el buen ladrón

Se acerca la Semana Santa y me vienen a la mente estampas de la pasión de Cristo.  Son imágenes con el rostro de Victor Mature, Charlton Heston (éste no falla nunca), Charles Laughton…  Tantas películas bíblicas durante la infancia terminan haciendo más mella que trece años de primaria y secundaria con las puntuales clases de religión tres días a la semana.
También me vienen a la mente otras caras. Son menos cinematográficas, pero en verdad que los medios nos han saturado de ellas hasta la saciedad. Con el elenco de personajes de la vida política actual y su empeño en amargarnos la vida podríamos hacer una nueva versión de  “La historia más grande jamás contada”. En la versión que hoy os propongo, en vez de contratar a Max Von Sydow para hacer el papel de Cristo, podemos elegir cualquier ciudadano de nuestro país. Da igual un parado, que un funcionario al que le recortan el sueldo, un trabajador del naval que carece de barcos que construir ahora que Bruselas ha ordenado que se reduzcan las flotas pesqueras, el administrativo de una caja de ahorros al que van a mandar para casa para que el sector financiero sea más fuerte o el empleado de cualquier empresa al que le podrán poner la chaqueta por una propina gracias a la reforma laboral (No sé por qué le llaman reforma laboral. Debería ser la reforma patronal).
Sería larguísimo señalar ahora mismo todo el reparto de la película. Esa es una tarea que me gustaría compartir con vosotros, queridos lectores, y que propusieseis, por ejemplo, a quien le daríamos el papel de Pilatos, de Caifás, de María Magdalena… A mí me saltan como alarmas dos caras para dos personajes: Judas Iscariote y el Buen Ladrón.
Empecemos por el segundo. Ya el nombre es en sí un oxímoro, es decir, una relación imposible por tratar de unir dos conceptos opuestos. Buen ladrón es como la agilidad burocrática o la inteligencia militar: un imposible. Pero en nuestro país todo es posible. Incluso que el Ministro de Gracia y Justicia, con esa cara de bueno que tiene, le cayera tan bien a la izquierda cuando era alcalde de Madrid. De hecho, parecía que Ruiz Gallardón tenía más amigos en el PSOE que en su propio partido. ¿Cuántas veces oímos aquello de que “El PP sería otra cosa si estuviese al frente Gallardón”? Pues ahí tenéis a Gallardón haciendo de las suyas. No lo criticaré  por sus primeras iniciativas legislativas. Está en su papel como  miembro de un gobierno conservador. Lo que sí me parece que debería causar su cese fulminante en el Consejo de Ministros es su condición de pufero mayor del reino. Ha dejado la alcaldía de Madrid con una deuda de 6.891 millones de euros. Es la cuarta parte de la deuda que acumulan los ayuntamientos de toda España. Pero no se queda ahí la cosa. Gallardón, además empeñar a cada madrileño con una deuda de 2.000 euros, ha dejado colgados a pequeños empresarios, profesionales y proveedores del Ayuntamiento de Madrid a quienes no les ha pagado facturas por importe de mil millones de euros y deben añadir esta tropelía de un político insensato a sus cuitas en plena crisis: falta de actividad, falta de financiación, anticipo del pago del IVA de las facturas a clientes morosos. Estoy seguro que Gallardón, cuando era alcalde de Madrid no tenía contemplaciones con quienes se demoraban en el pago de las tasas de basura, el impuesto de circulación, etcétera. Deberían unirse y contratar al Cobrador del frac para que apareciese en todas las fotos y comparecencias públicas del ministro de justicia hasta que le cayese la cara de vergüenza por jugar de esta manera con el dinero que no es suyo. Y ya sabéis, como se les  llama a los amigos de lo ajeno. Pues aquí tenéis al buen ladrón. El Dimas del gobierno de Rajoy que debería ser el primer cese por haber contravenido con su práctica la política de austeridad que el actual presidente está imponiendo a sangre y sufrimiento a toda la ciudadanía.
Pero antes de encontrarse en el Gólgota de la crisis con el buen ladrón, el crucificado fue traicionado por Judas. Judas en hebreo significa “el elegido”. Y además era el apóstol que se ocupaba de la economía de los discípulos. Era el que llevaba la bolsa, el que protestaba cuando se hacían despilfarros. En nuestro caso, es una Judas (¿debería decir judesa?) y para colmo, gallega como nós: Elena Salgado Méndez. La vicepresidenta económica y ministra de varias carteras durante los dos gobiernos  de Rodríguez Zapatero acaba de ser fichada por Endesa. Se ampara en un subterfugio, una artimaña legal, para saltarse a la torera la incompatibilidad manifiesta que existe para que durante los dos años siguientes a su cese en el gobierno un ministro pueda trabajar o vincularse o asesorar a una empresa privada, beneficiándola frente a otras de la información que le proporcionó su puesto en el consejo de ministros. Con más razón en el caso de Elena Salgado que no era una ministra cualquiera sino vicepresidenta para asuntos económicos. Su traición es legal porque no la contrata Endesa sino una filial de dicha empresa eléctrica en Chile. Es una máscara legal con la que se escapa de la incompatibilidad,  pues al final, la propietaria de la empresa para la que va a trabajar nuestra judesa es una compañía eléctrica española. Nos da el beso, se lleva las treinta monedas de plata que le dará la eléctrica –nos van a  subir la luz así que será a nuestras expensas– pero seguirá cobrando durante dos años el subsidio como si hubiese preservado los secretos y la incompatibilidad de su cargo.
La iniquidad no tiene color. Está allí donde anida la avaricia, la ambición  desmedida y el abuso. Hay que desenmascararlos, denunciarlos, apuntarles con el dedo cuando pasen ante nosotros. No se inmutarán porque son inasequibles al honor. Pero haremos que se avergüencen las personas de bien que haya en su entorno: sus familiares, sus amigos, sus compañeros de partido y de gobierno, llegará un momento en el que no serán nadie. No serán nada. Ni tan siquiera un ladrón o un judas.

miércoles, 7 de marzo de 2012

¡Al ladrón!, ¡al ladrón!!!

Había decidido pasarlo por alto, hacer como que no lo había leído ni escuchado. Pero cuando los disparates llegan uno detrás de otro, lo siento. No me pude reprimir. Reconozco que me siento robado y con el deseo de asomarme a la ventana de mi casa y proferir a voz en grito: ¡Al ladrón! Hasta que le caiga la cara de vergüenza.
La cosa viene a raíz de una propuesta del Bloque Nacionalista Galego de hace ya unos meses que proponía que la colección de Plástica Gallega de la antigua Caixanova fuese al Gaiás, eso que denominan la Ciudad de la Cultura de Santiago y que no es otra cosa que el faraónico Valle de los Reyes pero a la gallega, es decir, con ajada.
Es posible que en el BNG se hayan olvidado de que la Caja de Ahorros Municipal de Vigo y Monte de Piedad, era una entidad propiedad de los vigueses que luego se fue expandiendo  hasta abarcar todas las cajas del sur de Galicia. En un sentido estricto, la obra social de Caixanova es propiedad de los habitantes de las provincias de Ourense y Pontevedra y fue adquirida con los beneficios obtenidos con el dinero de los impositores y las remesas de los emigrantes de estas dos provincias básicamente. Así pues, la colección de Arte de Caixanova, la mejor colección privada de la plástica gallega, debe quedarse en la ciudad en la que está, que es la suya y que puede así presumir de una caja de ahorros que invirtió en cultura, comprando obras a los artistas gallegos en vez de hacer la mamarrachada de gastarse 471 millones de euros en una obra que solo beneficia a un arquitecto megalómano.
Se da la casualidad de que la colección de artistas gallegos que tiene en su patrimonio el Concello de Vigo es la más importante de cuantas existen y conjuntamente, una y otra constituyen un patrimonio artístico nacional sin parangón.
Querer llevársela de Vigo solo merece un calificativo: un expolio, un robo. ¿No saben qué hacer con la “ciudad de la cultura”? Que hagan apartamentos para los estudiantes. Será lo más cerca de la cultura que pueda estar semejante disparate, más propio de una república bananera que de una comunidad que debe esforzarse por canalizar cada euro de su presupuesto en mejorar la calidad de vida de sus habitantes y generar riqueza y empleo.

viernes, 24 de febrero de 2012

Franco, el gran europeísta



Franco y Barroso ¿dónde está la diferencia?
He echado un vistazo retrospectivo a los resultados de las elecciones de los últimos veinticinco años y me he dado cuenta el poco interés que manifestamos siempre los españoles por las elecciones europeas. En realidad es algo que ya sabía. El índice de abstención en unas europeas es comparable o superior a unas presidenciales norteamericanas. La diferencia es que un estadounidense de la Florida puede decidir pasar de votar al presidente del gobierno federal y se queda tan pancho, porque la autonomía de la que goza el gobierno de su estado y su capacidad para elegir en todas las instancias que le son próximas y le afectan no dependen de quién sea el presidente, que es una especie de gerente de la administración federal, aunque cara al exterior, sea considerado el hombre más poderoso del mundo.
El vecino del barrio vigués de La Florida podrá votar a su partido en las municipales, que no a su alcalde, y al partido que quiera en las autonómicas e incluso podría, si quisiera echar a cara o cruz a quien votar en las elecciones generales. El vecino del antiguo ayuntamiento y hoy barrio vigués de Lavadores, que en inglés se diría Washington, podría votar incluso a un delincuente en las elecciones europeas, solo por joder, como sucedió en 1989 cuando salió elegido eurodiputado José María Ruiz Mateos, que así consiguió esquivar algunos de sus muchos procedimientos judiciales.
Aunque hubiera sido de otra manera, que cualquier español mayor de edad hubiera tenido la opción de haber votado a una candidatura decente de políticos honrados y super inteligentes, y aunque Mariano Rajoy fuese Premio Nobel –en el supuesto de que ser Premio Nobel avalase calidad, cosa más que dudosa desde el día que le dieron el Nobel de Literatura a Winston Churchill—ni el vecino de Lavadores ni el de la Florida habrían podido conseguir que esa pléyade de genios le liberasen de la crisis y el desempleo. No está en nuestra mano votar a quienes realmente gobiernan los destinos de nuestro país. Ni votamos al presidente de Europa. Los de la Florida de allende el Atlántico votan a su presidente si quieren. Nosotros no tenemos presidente, tenemos un burócrata inelegible popularmente. Un tal Dura͂o Barroso que con sus satélites comisarios y los tecnócratas y ejecutivos de los mercados financieros marcan la línea que hay que seguir. ¿Cómo llegaron ahí? Pues por el mismo camino que llegaban los ministros de Franco o su jefe de gobierno. Parece como si el difunto general hubiera sido el inspirador del gobierno de Europa: un gobierno que se elige como se elegía en la España de la dictadura, a través de la “democracia orgánica”.
Los tres derechos clásicos  de la soberanía nacional –acuñar moneda, tener una política exterior independiente y un ejército propio– se han diluido de manera tan drástica que cualquier estado de los Estados Unidos es más independiente con respecto a la Unión que España, Bélgica o Italia de los designios de un grupo de funcionarios de Bruselas que se eligen entre ellos.
¿Era esto lo que queríamos? ¿Es ésta la Europa de los pueblos? ¿No estaremos más cerca del ein Reich, ein Volk, ein Fürher en el que un gobierno al que nosotros no votamos atornilla a nuestros débiles políticos domésticos para que cumplan sus objetivos económicos  y de paso le proporcione científicos bien formados para sus industrias empobreciendo la investigación y el desarrollo de nuestro país?
Creo que harían bien en exhumar el cadáver de Franco del Valle de los Caídos, pero no para entregárselo a la familia. Deberían hacerle un mausoleo en la Postdamer Platz de Berlín o en el jardincillo que hay ante el Edificio Berlaymont de Bruselas como símbolo del nuevo europeísmo reinante.

jueves, 22 de diciembre de 2011

El gordo del Banco Central Europeo

Oh fortuna velut luna, statu variabilis. Ningún día más apropiado que el de la lotería de navidad para recordar los cantos del Beurón, es decir Carmina Burana,–a mi amigo y también redondelano Suso Pérez Varela le atribuyen que les llamó Carmiña Burana y no sé por qué se rasgaron tanto las vestiduras los culturetas por hacer una traducción literal al gallego–. La fortuna, como la Luna, es siempre variable. Ahora les toca en forma de gordo de navidad a los vecinos de Grañén, lo cual quiere decir que no nos toca a nosotros, los de Redondela. También les tocó a los bancos a los que el Banco Central Europeo acaba de soltarles la nada despreciable cifra de 500.000.000.000 de euros. Dicho en román paladino: quinientos mil millones de euros. Un préstamo al uno por ciento de medio billón de euros. Esto me plantea una receta fantástica para acabar, de un plumazo, con un millón de parados: présteles el Banco Central Europeo quinientos mil euros a cada parado, al uno por ciento a tres años, para que se los preste al nuevo ministro de Economía en forma de deuda del Estado. Y he aquí que, de repente, tenemos un millón de rentistas dándose de baja de las listas del Inem, que con los veinte mil euros al año que ganarían cada uno de ellos con esta operación, dejarían de convertirse en subsidiados para ser acreedores del nuevo gobierno, cotizantes en la Seguridad Social y pagadores del impuesto sobre la renta de las personas físicas. Al fin y al cabo, los bancos europeos es lo que hacen cada vez que el Banco Central les hace regalos de esta naturaleza, perdón, quise decir, préstamos. La diferencia entre una operación y otra es que, la lotería de los préstamos al 1 por ciento en vez de beneficiar a unos pocos, dejaría sin agobios a un millón de familias.

miércoles, 15 de junio de 2011

Un giro de 360 grados

Qué poca diferencia hay, en ocasiones, entre la física y la política. Pongamos, por caso, el término revolución. La revolución en la física es desplazar un objeto sobre un eje, provocándole un giro de 360 grados. Es decir, que tras dar una vuelta completa, acaba en el  mismo sitio. En política una revolución es exactamente igual que en la física con la única salvedad de que, por lo general, el regreso al punto de partida se produce después de dejar un reguero de sangre. He aquí los hechos: la guillotina, aquella máquina humanitaria que ahorró a los familiares de los reos de muerte ver como sus parientes condenados eran quemados, desmembrados, descuartizados, ahorcados, crucificados o decapitados, dejó regueros de sangre, la borbónica incluida, para que al final llegase un emperador; la revolución soviética no fue menos sanguinaria y el resultado final poco cambió  -Rusia sigue siendo un país empobrecido por su riqueza, en manos de unos pocos-; ¿y la  sangre derramada para conseguir los derechos de los trabajadores? ¿Para acabar con interminables jornadas de quince o más horas? ¿Para poner fin a la explotación infantil? Se ha ido por los sumideros, por las alcantarillas de las ciudades chinas.
Así pues, mientras los ciclistas recorrían las etapas  del “Giro de Italia”, en las puertas del sol de toda España asistíamos a otro giro de 360 grados, al final del cual hemos llegado al punto de partida. La democracia real, aquella que debería meter en la cárcel a los causantes de una crisis provocada por la avaricia desmesurada, sigue siendo una fantasía. Un sueño de campistas urbanos que por unos días pensaron que se podía cambiar el mundo. Y cierto. Se puede y se debe cambiar el mundo. Pero está claro que ese no era el camino.

viernes, 21 de enero de 2011

Yo también habría votado a favor de Barrabás



Estamos en un tiempo de crisis. No es el primero ni será el último. En tiempos como éste, de masivos despidos, de famélicas legiones, de negros horizontes para quienes ya es negro el presente, suelen aparecer los mesías, los salvadores de la patria, los magos con un conejo en la chistera que dicen que se comen las cifras de desempleados con la misma facilidad que sus congéneres acabaron con los pastos en Australia.
No hay nada más peligroso para una comunidad que le aparezca un mesías, un salvador de la patria, un mago con chistera. A la Alemania que naufragaba tras la Gran Guerra le surgió un señor bajito y con bigote a lo Charlot, que convirtió ese desastre colectivo que fue la República de Weimar con una inflación en la que los precios se multiplicaban por mil en el tiempo se guardaba una cola ante la carnicería, en otro mucho mayor. Eso sí, entremedias hizo vivir el espejismo de una prosperidad armada de autoestima a un pueblo que había sido humillado y arruinado económicamente por el Tratado de Versalles y que se habría recuperado sin la necesidad de Adolfo Hitler como lo demostró en la posguerra siguiente, de la mano de Adenauer.
A punto de cumplirse el bicentenario de La Pepa, la constitución de 1812, vienen a mi memoria los cientos de mesías y salvadores de la patria que tuvo España en aquel convulso siglo XIX, casi siempre armados de sable y vestidos de uniforme. En el siglo siguiente hubo menos, es cierto, pero no menos patéticos. Sería ridículo preguntarse a estas alturas dónde estaría España hoy día si en 1936 Franco no hubiese dado un golpe de Estado que llevó a nuestro país a 3 años de guerra y a vivir dos posguerras consecutivas: la propia y la de la Guerra Mundial y que situó la economía española en el año 1950 a la era de las cavernas. Seguramente, la proverbial neutralidad española, mantenida en el conflicto mundial anterior, habría ayudado a que nuestro país hubiese encarado el paso del ecuador del siglo XX en una situación económica de privilegio y no de precariedad y aislacionismo. Los salvadores siempre, siempre, terminan por dejar las cosas mucho peor que cuando las encuentran.
Por suerte para nosotros, tenía razón Carlos Marx cuando decía que la historia se repite, la primera vez como tragedia, la segunda como farsa. La tragedia fue Franco, la farsa fue Tejero y los salvadores de la patria emboscados tras él, como siempre, armados de tanques y ornados de charreteras.
A veces escucho por la calle una frase muchas veces repetida: “No puede ser cierto que en España haya tantos millones de parados. Porque si los hubiera, aquí se armaría otra guerra”.  Pues sí los hay. Caminamos lenta pero inexorablemente, hacia los cinco millones de parados. ¿Cómo se sostiene una economía y una nación con cinco millones de parados, el veintitantos por ciento de su población activa? El sistema capitalista se sostiene sin problemas. Porque entre otras cosas, basa su eficacia en disponer de lo que los teóricos llaman “el gran ejército de reserva” es decir, millones de parados con los que ajustar salarios, ampliar jornadas y mejorar la competitividad no sobre la base de aumentar la calidad y el conocimiento, sino a costa de reducir la plusvalía que reporta el trabajo al obrero. Es algo tan clásico que David Ricardo lo acuñó como la Ley de Bronce de los Salarios. Así que, el capital, causante de esta crisis por su codicia desmesurada, puede estar tranquilo. Pero ¿y nosotros? Seremos más pobres, pero que Dios nos libre de otro mesías. Yo, personalmente, y a la vista de la experiencia, os aseguro que habría votado a favor de que liberasen a Barrabás.