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martes, 16 de octubre de 2012

Juan Luis Cebrián y la tercera edad


Me gustaron mucho las declaraciones de Juan Luis Cebrián, en las que señala que a partir de los cincuenta años los periodistas llegamos a la tercera edad. Me gustaron porque siempre lo consideré un imbécil y al ver que había llegado tan alto, que incluso lo habían hecho académico de la Lengua, esa visión tan despectiva que tenía de él, una de las figuras del periodismo español de la Transición, pensaba que era pura ojeriza sin sentido. Manías de un provinciano. Pero gracias a sus declaraciones y a todos los artículos, cartas al director y comentarios con los que muchos colegas de mi oficio han reaccionado ante semejante despropósito –en el que el asunto de la tercera edad era lo de menos–, me sentí, por fin, satisfecho. Me recordó el día en que el entonces alcalde de Santiago, Xerardo Estévez, me calificó de periodista indocumentado y amarillista por publicar un reportaje en el que advertía de que millones de termitas se estaban comiendo el patrimonio de la humanidad en Compostela y seis meses más tarde, tuvieron que cerrar, por primera vez desde la Edad Media, la Catedral de Santiago para poder hacer un tratamiento de urgencia contra la plaga de insectos que se estaban comiendo el patrimonio artístico.
Como periodista siempre pensé que uno es reo de sus propias palabras –también de sus hechos– y si Cebrián dice que a los 50 se llega a la tercera edad, es consecuencia de que, en su caso, la demencia le llegó tan precoz como su vocación periodística, allá por los años sesenta del siglo pasado. Eso explica que a lo largo de su vida sus palabras hayan servido, al mismo tiempo, para elevarle hasta los laureles académicos y para vituperar a la profesión que deshonra mientras se enriquece con la plusvalía del trabajo de más de cuatrocientos profesionales. Cebrián ganó en 2011 más de 13 millones de euros. Con un solo despido, el suyo, Prisa podría ajustar el presupuesto sin tener que deshacerse de los casi 140 periodistas a los que quieren ponerles la chaqueta en las próximas semanas. Un accionariado medianamente lúcido no tendría duda en la elección: ¿De quién nos deshacemos? ¿Del ejecutivo que consiguió que nuestras acciones de Prisa pasasen de valer 20 euros a 40 céntimos de euro o de los periodistas que con su trabajo nutren las páginas con las que facturamos cinco millones de euros al mes en el periódico más prestigioso en el mundo hispano? Además, está la cuestión social: Cebrián ya tendría que estar jubilado, cobrando su pensión, viajando con el inserso. Tiene casi 68 años, en su caso sí es cierto lo que dijo: ya es un periodista acabado y como ejecutivo no se le conocen más que fracasos.
La cosa no puede estar más clara. Los lectores estoy seguro que tomarían la decisión adecuada. ¿Será que mi ojeriza se acentuó ahora que ya estoy en la tercera edad?

jueves, 22 de marzo de 2012

Judas y el buen ladrón

Se acerca la Semana Santa y me vienen a la mente estampas de la pasión de Cristo.  Son imágenes con el rostro de Victor Mature, Charlton Heston (éste no falla nunca), Charles Laughton…  Tantas películas bíblicas durante la infancia terminan haciendo más mella que trece años de primaria y secundaria con las puntuales clases de religión tres días a la semana.
También me vienen a la mente otras caras. Son menos cinematográficas, pero en verdad que los medios nos han saturado de ellas hasta la saciedad. Con el elenco de personajes de la vida política actual y su empeño en amargarnos la vida podríamos hacer una nueva versión de  “La historia más grande jamás contada”. En la versión que hoy os propongo, en vez de contratar a Max Von Sydow para hacer el papel de Cristo, podemos elegir cualquier ciudadano de nuestro país. Da igual un parado, que un funcionario al que le recortan el sueldo, un trabajador del naval que carece de barcos que construir ahora que Bruselas ha ordenado que se reduzcan las flotas pesqueras, el administrativo de una caja de ahorros al que van a mandar para casa para que el sector financiero sea más fuerte o el empleado de cualquier empresa al que le podrán poner la chaqueta por una propina gracias a la reforma laboral (No sé por qué le llaman reforma laboral. Debería ser la reforma patronal).
Sería larguísimo señalar ahora mismo todo el reparto de la película. Esa es una tarea que me gustaría compartir con vosotros, queridos lectores, y que propusieseis, por ejemplo, a quien le daríamos el papel de Pilatos, de Caifás, de María Magdalena… A mí me saltan como alarmas dos caras para dos personajes: Judas Iscariote y el Buen Ladrón.
Empecemos por el segundo. Ya el nombre es en sí un oxímoro, es decir, una relación imposible por tratar de unir dos conceptos opuestos. Buen ladrón es como la agilidad burocrática o la inteligencia militar: un imposible. Pero en nuestro país todo es posible. Incluso que el Ministro de Gracia y Justicia, con esa cara de bueno que tiene, le cayera tan bien a la izquierda cuando era alcalde de Madrid. De hecho, parecía que Ruiz Gallardón tenía más amigos en el PSOE que en su propio partido. ¿Cuántas veces oímos aquello de que “El PP sería otra cosa si estuviese al frente Gallardón”? Pues ahí tenéis a Gallardón haciendo de las suyas. No lo criticaré  por sus primeras iniciativas legislativas. Está en su papel como  miembro de un gobierno conservador. Lo que sí me parece que debería causar su cese fulminante en el Consejo de Ministros es su condición de pufero mayor del reino. Ha dejado la alcaldía de Madrid con una deuda de 6.891 millones de euros. Es la cuarta parte de la deuda que acumulan los ayuntamientos de toda España. Pero no se queda ahí la cosa. Gallardón, además empeñar a cada madrileño con una deuda de 2.000 euros, ha dejado colgados a pequeños empresarios, profesionales y proveedores del Ayuntamiento de Madrid a quienes no les ha pagado facturas por importe de mil millones de euros y deben añadir esta tropelía de un político insensato a sus cuitas en plena crisis: falta de actividad, falta de financiación, anticipo del pago del IVA de las facturas a clientes morosos. Estoy seguro que Gallardón, cuando era alcalde de Madrid no tenía contemplaciones con quienes se demoraban en el pago de las tasas de basura, el impuesto de circulación, etcétera. Deberían unirse y contratar al Cobrador del frac para que apareciese en todas las fotos y comparecencias públicas del ministro de justicia hasta que le cayese la cara de vergüenza por jugar de esta manera con el dinero que no es suyo. Y ya sabéis, como se les  llama a los amigos de lo ajeno. Pues aquí tenéis al buen ladrón. El Dimas del gobierno de Rajoy que debería ser el primer cese por haber contravenido con su práctica la política de austeridad que el actual presidente está imponiendo a sangre y sufrimiento a toda la ciudadanía.
Pero antes de encontrarse en el Gólgota de la crisis con el buen ladrón, el crucificado fue traicionado por Judas. Judas en hebreo significa “el elegido”. Y además era el apóstol que se ocupaba de la economía de los discípulos. Era el que llevaba la bolsa, el que protestaba cuando se hacían despilfarros. En nuestro caso, es una Judas (¿debería decir judesa?) y para colmo, gallega como nós: Elena Salgado Méndez. La vicepresidenta económica y ministra de varias carteras durante los dos gobiernos  de Rodríguez Zapatero acaba de ser fichada por Endesa. Se ampara en un subterfugio, una artimaña legal, para saltarse a la torera la incompatibilidad manifiesta que existe para que durante los dos años siguientes a su cese en el gobierno un ministro pueda trabajar o vincularse o asesorar a una empresa privada, beneficiándola frente a otras de la información que le proporcionó su puesto en el consejo de ministros. Con más razón en el caso de Elena Salgado que no era una ministra cualquiera sino vicepresidenta para asuntos económicos. Su traición es legal porque no la contrata Endesa sino una filial de dicha empresa eléctrica en Chile. Es una máscara legal con la que se escapa de la incompatibilidad,  pues al final, la propietaria de la empresa para la que va a trabajar nuestra judesa es una compañía eléctrica española. Nos da el beso, se lleva las treinta monedas de plata que le dará la eléctrica –nos van a  subir la luz así que será a nuestras expensas– pero seguirá cobrando durante dos años el subsidio como si hubiese preservado los secretos y la incompatibilidad de su cargo.
La iniquidad no tiene color. Está allí donde anida la avaricia, la ambición  desmedida y el abuso. Hay que desenmascararlos, denunciarlos, apuntarles con el dedo cuando pasen ante nosotros. No se inmutarán porque son inasequibles al honor. Pero haremos que se avergüencen las personas de bien que haya en su entorno: sus familiares, sus amigos, sus compañeros de partido y de gobierno, llegará un momento en el que no serán nadie. No serán nada. Ni tan siquiera un ladrón o un judas.

jueves, 22 de diciembre de 2011

El gordo del Banco Central Europeo

Oh fortuna velut luna, statu variabilis. Ningún día más apropiado que el de la lotería de navidad para recordar los cantos del Beurón, es decir Carmina Burana,–a mi amigo y también redondelano Suso Pérez Varela le atribuyen que les llamó Carmiña Burana y no sé por qué se rasgaron tanto las vestiduras los culturetas por hacer una traducción literal al gallego–. La fortuna, como la Luna, es siempre variable. Ahora les toca en forma de gordo de navidad a los vecinos de Grañén, lo cual quiere decir que no nos toca a nosotros, los de Redondela. También les tocó a los bancos a los que el Banco Central Europeo acaba de soltarles la nada despreciable cifra de 500.000.000.000 de euros. Dicho en román paladino: quinientos mil millones de euros. Un préstamo al uno por ciento de medio billón de euros. Esto me plantea una receta fantástica para acabar, de un plumazo, con un millón de parados: présteles el Banco Central Europeo quinientos mil euros a cada parado, al uno por ciento a tres años, para que se los preste al nuevo ministro de Economía en forma de deuda del Estado. Y he aquí que, de repente, tenemos un millón de rentistas dándose de baja de las listas del Inem, que con los veinte mil euros al año que ganarían cada uno de ellos con esta operación, dejarían de convertirse en subsidiados para ser acreedores del nuevo gobierno, cotizantes en la Seguridad Social y pagadores del impuesto sobre la renta de las personas físicas. Al fin y al cabo, los bancos europeos es lo que hacen cada vez que el Banco Central les hace regalos de esta naturaleza, perdón, quise decir, préstamos. La diferencia entre una operación y otra es que, la lotería de los préstamos al 1 por ciento en vez de beneficiar a unos pocos, dejaría sin agobios a un millón de familias.

miércoles, 15 de junio de 2011

Un giro de 360 grados

Qué poca diferencia hay, en ocasiones, entre la física y la política. Pongamos, por caso, el término revolución. La revolución en la física es desplazar un objeto sobre un eje, provocándole un giro de 360 grados. Es decir, que tras dar una vuelta completa, acaba en el  mismo sitio. En política una revolución es exactamente igual que en la física con la única salvedad de que, por lo general, el regreso al punto de partida se produce después de dejar un reguero de sangre. He aquí los hechos: la guillotina, aquella máquina humanitaria que ahorró a los familiares de los reos de muerte ver como sus parientes condenados eran quemados, desmembrados, descuartizados, ahorcados, crucificados o decapitados, dejó regueros de sangre, la borbónica incluida, para que al final llegase un emperador; la revolución soviética no fue menos sanguinaria y el resultado final poco cambió  -Rusia sigue siendo un país empobrecido por su riqueza, en manos de unos pocos-; ¿y la  sangre derramada para conseguir los derechos de los trabajadores? ¿Para acabar con interminables jornadas de quince o más horas? ¿Para poner fin a la explotación infantil? Se ha ido por los sumideros, por las alcantarillas de las ciudades chinas.
Así pues, mientras los ciclistas recorrían las etapas  del “Giro de Italia”, en las puertas del sol de toda España asistíamos a otro giro de 360 grados, al final del cual hemos llegado al punto de partida. La democracia real, aquella que debería meter en la cárcel a los causantes de una crisis provocada por la avaricia desmesurada, sigue siendo una fantasía. Un sueño de campistas urbanos que por unos días pensaron que se podía cambiar el mundo. Y cierto. Se puede y se debe cambiar el mundo. Pero está claro que ese no era el camino.