miércoles, 15 de junio de 2011

Un giro de 360 grados

Qué poca diferencia hay, en ocasiones, entre la física y la política. Pongamos, por caso, el término revolución. La revolución en la física es desplazar un objeto sobre un eje, provocándole un giro de 360 grados. Es decir, que tras dar una vuelta completa, acaba en el  mismo sitio. En política una revolución es exactamente igual que en la física con la única salvedad de que, por lo general, el regreso al punto de partida se produce después de dejar un reguero de sangre. He aquí los hechos: la guillotina, aquella máquina humanitaria que ahorró a los familiares de los reos de muerte ver como sus parientes condenados eran quemados, desmembrados, descuartizados, ahorcados, crucificados o decapitados, dejó regueros de sangre, la borbónica incluida, para que al final llegase un emperador; la revolución soviética no fue menos sanguinaria y el resultado final poco cambió  -Rusia sigue siendo un país empobrecido por su riqueza, en manos de unos pocos-; ¿y la  sangre derramada para conseguir los derechos de los trabajadores? ¿Para acabar con interminables jornadas de quince o más horas? ¿Para poner fin a la explotación infantil? Se ha ido por los sumideros, por las alcantarillas de las ciudades chinas.
Así pues, mientras los ciclistas recorrían las etapas  del “Giro de Italia”, en las puertas del sol de toda España asistíamos a otro giro de 360 grados, al final del cual hemos llegado al punto de partida. La democracia real, aquella que debería meter en la cárcel a los causantes de una crisis provocada por la avaricia desmesurada, sigue siendo una fantasía. Un sueño de campistas urbanos que por unos días pensaron que se podía cambiar el mundo. Y cierto. Se puede y se debe cambiar el mundo. Pero está claro que ese no era el camino.

sábado, 26 de marzo de 2011

La energía limpia, barata y segura deja de serlo en el país de las maravillas

Han pasado ya más de dos semanas desde que Japón sufrió el terremoto más grave de su historia contemporánea y aquellas cifras iniciales de escaso impacto pese a la violenta acción de la naturaleza se han desbaratado. Los muertos ya se cuentan por miles y las víctimas, si contamos desaparecidos y desahuciados, por decenas de miles.
La energía más limpia y más barata, confiada a la ingeniería más segura, ha dejado de serlo. Los versos del Heike Monogatari, nunca fueron tan ciertos: “Como el sueño de una noche de primavera, así de fugaz es el poder del orgulloso”. Y los mares del Japón, los campos del Japón, los aires del Japón, se infectan otra vez más con el veneno invisible de la radiactividad. Ahora ya no es una guerra total la causante del desastre. Tampoco lo fue el terremoto ni el Tsunami, no nos engañemos. Es el afán de consumo sin fin de una sociedad a la que le seducen los neones y las pantallas de diodos led en las plazas públicas o la alta velocidad. La electricidad no es la energía limpia que nos quieren hacer creer. Es la energía que no mancha donde se consume, sino donde se produce. Galicia tiene la chimenea más contaminante del mundo, la que llena de lluvia ácida el Courel y el Geres, para que el metro de Madrid sea un modelo de transporte público y limpio (de ecológico nada) y para que las facturas de la electricidad que contamina en Galicia dejen el IVA en Cataluña. Lo demás es pura propaganda.
La naturaleza es cruel, a tenor de la devastación que es capaz de provocar. Sin embargo hay algo todavía más terrible que un terremoto de grado nueve en la escala de Richter: la avaricia humana. Ésta no tiene medida, ni grados. No es tan ruidosa como un terremoto pero los daños que causa pueden ser mucho más sobrecogedores. La energía nuclear aporta el 30 por ciento de la electricidad que se consume en Japón. Hoy día disponemos de tecnología suficiente como para ahorrarnos ese 30 por ciento y borrar de la faz de la tierra la energía nuclear. Pero ¿qué sería de las grandes corporaciones que detentan el poder energético en el mundo? Por eso, yo, y como yo millones de personas en todo el mundo no podremos obtener de nuestro tejado la energía eléctrica que necesitamos, no sucederá mientras haya quienes puedan enriquecerse del monopolio del miedo. Porque esa es otra, Si es tan limpia y tan segura ¿por qué no puede haber centrales nucleares en Irán, o en Libia, o en Afganistán? ¿Por qué no pueden tener electricidad barata en Somalia o en Uganda?
Japón restañará sus heridas tras el terremoto y el tsunami, como lo hizo con anteriores desastres naturales. Pero la radiación seguirá ahí durante cientos de siglos. La huella de la energía nuclear es un zarpazo que nos sobrevivirá con una cicatriz incurable. 

viernes, 21 de enero de 2011

Yo también habría votado a favor de Barrabás



Estamos en un tiempo de crisis. No es el primero ni será el último. En tiempos como éste, de masivos despidos, de famélicas legiones, de negros horizontes para quienes ya es negro el presente, suelen aparecer los mesías, los salvadores de la patria, los magos con un conejo en la chistera que dicen que se comen las cifras de desempleados con la misma facilidad que sus congéneres acabaron con los pastos en Australia.
No hay nada más peligroso para una comunidad que le aparezca un mesías, un salvador de la patria, un mago con chistera. A la Alemania que naufragaba tras la Gran Guerra le surgió un señor bajito y con bigote a lo Charlot, que convirtió ese desastre colectivo que fue la República de Weimar con una inflación en la que los precios se multiplicaban por mil en el tiempo se guardaba una cola ante la carnicería, en otro mucho mayor. Eso sí, entremedias hizo vivir el espejismo de una prosperidad armada de autoestima a un pueblo que había sido humillado y arruinado económicamente por el Tratado de Versalles y que se habría recuperado sin la necesidad de Adolfo Hitler como lo demostró en la posguerra siguiente, de la mano de Adenauer.
A punto de cumplirse el bicentenario de La Pepa, la constitución de 1812, vienen a mi memoria los cientos de mesías y salvadores de la patria que tuvo España en aquel convulso siglo XIX, casi siempre armados de sable y vestidos de uniforme. En el siglo siguiente hubo menos, es cierto, pero no menos patéticos. Sería ridículo preguntarse a estas alturas dónde estaría España hoy día si en 1936 Franco no hubiese dado un golpe de Estado que llevó a nuestro país a 3 años de guerra y a vivir dos posguerras consecutivas: la propia y la de la Guerra Mundial y que situó la economía española en el año 1950 a la era de las cavernas. Seguramente, la proverbial neutralidad española, mantenida en el conflicto mundial anterior, habría ayudado a que nuestro país hubiese encarado el paso del ecuador del siglo XX en una situación económica de privilegio y no de precariedad y aislacionismo. Los salvadores siempre, siempre, terminan por dejar las cosas mucho peor que cuando las encuentran.
Por suerte para nosotros, tenía razón Carlos Marx cuando decía que la historia se repite, la primera vez como tragedia, la segunda como farsa. La tragedia fue Franco, la farsa fue Tejero y los salvadores de la patria emboscados tras él, como siempre, armados de tanques y ornados de charreteras.
A veces escucho por la calle una frase muchas veces repetida: “No puede ser cierto que en España haya tantos millones de parados. Porque si los hubiera, aquí se armaría otra guerra”.  Pues sí los hay. Caminamos lenta pero inexorablemente, hacia los cinco millones de parados. ¿Cómo se sostiene una economía y una nación con cinco millones de parados, el veintitantos por ciento de su población activa? El sistema capitalista se sostiene sin problemas. Porque entre otras cosas, basa su eficacia en disponer de lo que los teóricos llaman “el gran ejército de reserva” es decir, millones de parados con los que ajustar salarios, ampliar jornadas y mejorar la competitividad no sobre la base de aumentar la calidad y el conocimiento, sino a costa de reducir la plusvalía que reporta el trabajo al obrero. Es algo tan clásico que David Ricardo lo acuñó como la Ley de Bronce de los Salarios. Así que, el capital, causante de esta crisis por su codicia desmesurada, puede estar tranquilo. Pero ¿y nosotros? Seremos más pobres, pero que Dios nos libre de otro mesías. Yo, personalmente, y a la vista de la experiencia, os aseguro que habría votado a favor de que liberasen a Barrabás.

domingo, 16 de enero de 2011

Galicia incógnita

Sustentamos, los gallegos, nuestra propia existencia sobre la base de
fantasmas, de seres sobre cuya historia se sabe poco más que un “nada”.
Ved ahí a los juglares que sentaron las bases de la lírica gallega: Martín Códax, Mendiño y Xohán de Cangas. De ellos no se sabe nada. Del primero, sólo el nombre; del segundo ni si quiera si esa palabra con la que lo conocemos es su nombre. Del tercero, que era de Cangas, porque lo dice él al firmar su cantiga de amigo. Los primeros poetas gallegos, casi anónimos, fueron descubiertos en el extranjero. Hasta en la lírica somos emigrantes. Lo que hay de sus obras, que es lo mismo que de su existencia, lo tienen los sucesores de un pirata llamado Morgan, ahora reconvertidos en tiburones de las finanzas (piratas, en definitiva), en Nueva York; están en la biblioteca  vaticana y en un par de instituciones portuguesas que morirían a cuchillo antes que prestárnoslos. Ya se sabe cómo es la fraternidad con nuestros vecinos del otro lado del Miño.

Pero los poetas homenajeados son tres más en una lista infinita. ¿Quién
era el Maestro Mateo, autor del Portico de la Gloria, la quintaesencia
de Galicia? No se sabe nada. ¿Dónde está el Monte Medulio, en cuya cima
miles de gallegos prefirieron morir antes que rendirse a las legiones de
Decimo Junio Bruto? Ni idea. ¿Es realmente Santiago el apóstol quien
está en la tumba bajo la catedral o el apóstata Prisciliano? Vaya usted
a saber. ¿Sigue el tesoro de la Escuadra de la Plata, el más grande de
cuantos duermen bajo el agua, en los fondos de la ría que veo desde mi
ventana o se lo llevaron los ingleses, los redondelanos y algún que otro
vigués, allá por 1702? Nadie lo sabe.

No me caben más ejemplos, pero los hay. Tantos como para convertir la
relación en el argumento de una ley general de carácter científico.
Vivimos en la Galicia incógnita. Somos un país de brumas, en el pasado y
en el presente. Sólo podremos saber, en serio, quiénes somos y de dónde
venimos, cuando jubilemos a los eruditos y sentemos en las cátedras a
las meigas. Los alumnos ni se enterarían del cambio.

Personalmente, solo tengo una certeza, tan incontrovertible e incuestionable como que Galicia es una nación: Colón era gallego. ¿Por qué estoy tan seguro de ello? ¿Por las teorías de mi vecino Alfonso de Philippot? Bueno, algo ayudan. Pero la prueba definitiva nos la dio el propio marino: jamás dijo de dónde era.